Dilema II: Encrucijada

Juan y Carla, María Fernanda y yo llegamos al punto concertado para encaminarnos luego al lugar donde se practicaría el aborto. Llegué con retraso. El rostro de tensión de todos nosotros era manifiesto. Nuestras caras de niños estaban cubiertas con un rictus de patética seriedad, sólo comparable cuando asistimos al entierro de Diego, compañero de estudios, muy recordado.
Carla, tenía una expresión de tristeza extrema, muy nerviosa y a punto de desvanecerse... Juan la sostenía de un brazo. Ella, parecía que no había dormido en varias noches, sus ojeras delataban los difíciles momentos que había atravesado en las últimas semanas... Fue arrojada a la calle por su madrastra (pues, según ella, era un mal ejemplo para los otros niños). Su padre trabajaba en Japón y ni enterado de la situación.
La alojé en casa por una semana. Juan, asiduo visitante a casa, no se apareció por ella. La desazón de Carla era palpable. María Fernanda, su mejor amiga, la visitó a diario, se quedó a dormir un par de veces. En esa semana compartimos lágrimas, secretos, odios, frustraciones y nos unimos más que nunca. Carla, se fue luego a casa de una prima en Ate. Llamó a los pocos días, para avisarme cuando y donde reunirnos para acompañarla...
Juan y Carla, llegaron primero, luego lo hizo María Fernanda. Yo, como siempre, llegué tarde. Nuestro paso fue cansino, casi ni hablamos. El silencio era roto frecuentemente por los sollozos y suspiros de Carlita... Juan se mostraba duro, insolentemente duro, prácticamente arrastraba a Carla. María Fernanda, a ratos acariciaba el rostro y la cabeza de Carla. Yo, la miraba a instantes y ella dejaba escapar una leve sonrisa que se perdía entre sollozos, mientras cubría con una mano su rostro...
Dimos con la dirección signada con el nro. ... en la calle ..., perteneciente al distrito de Lince. Nos topamos con una casa de aspecto abandonado. Juan tocó el timbre repetidas veces, impaciente, y a ratos,con sus manos, samaqueaba las rejas... Se abrió una puerta interior y apareció un tipo obeso de gesto adusto. Nos saludó secamente levantado una mano que bajó rápidamente. Abrió la reja y todos ingresamos. Atravesamos una corta vereda empedrada, los jardines a los costados se mostraban secos y descuidados. Entramos al interior de la casona. Lo que vimos adentro en nada difería de lo observado afuera. Descuido, desorden, paredes descoloridas por el tiempo... El "doctor" nos condujo a una pequeña sala de espera, acondicionada con una banqueta vieja y algo polvorienta. El "doctor" llamó a un costado a Juan y éste sacó algo del bolsillo. El "doctor" sin ninguna muestra de cortesía ni respeto se puso a observar los billetes a la luz de una pequeña ventana. Luego hizo pasar a Juan y a Carla a una pequeña oficina. Carla, nos llamó con la mirada, nosotros no esperamos ninguna invitación y entramos con ellos. La molestia en el "doctor" y en Juan era obvia. La oficina, tenía un pequeño escritorio atiborrado de papeles y muestras médicas. Las paredes semidesnudas mostraban diplomas...
El "doctor", impostando una voz grave, nos explicó de manera cantinflesca como iba a desarrollar la intervención. La explicación en lugar de infundirnos confianza nos provocó asco. Cada palabra se hacía menos creíble. Pronto, llamó a una asistente: Una chica de aspecto provinciano no mucho mayor que nosotros.
Nos ordenó permanecer allí. Sólo Carla debía acompañarlo. La vimos caminar a marchas forzadas, llorando...
En nuestras pláticas, en la semana que se quedó en casa, Carla había sido poco clara, pero, dejó a entrever que ella deseaba tener el niño. Pero, por el bien de ella y de Juan, eso no era posible...
No habían pasado ni diez minutos y la deseperación nos envolvía crecientemente. Juan caminaba por la habitación de un lado a otro con su mirada de halcón. María Fernanda, lloraba a moco tendido, repitiendo: "Pobrecita, pobrecita". Yo, salí con dirección a la sala de espera ("Sala de la desesperación" sería el nombre más apropiado). Oí los gritos de Carla. Corrimos a la "sala de operaciones". Una cortina hacía las veces de puerta. Entramos y vimos a Carla enfundada en una bata y al "doctor" con una inyección en sus manos. Carla pedía a gritos su ropa, quería escapar de allí. Encontró un bulto con su ropa y empezó a vestirse. María Fernanda, la cubrió con su cuerpo. Yo, sólo atiné a voltearme. El "doctor" señalaba a Carla con un gesto y decía: "Esta chica está loca", mientras Juan le reclamaba por el dinero. Carla, apenas terminó de vestirse salió del lugar. María Fernanda y yo la acompañamos. La reja estaba con llave. Los gritos de Carla eran cada vez más fuertes. No deseaba permanecer un segundo más en ese lugar. La asistente del doctor apresuradamente, con un manojo de llaves, trató de abrir la reja, mientras pedía silencio. Carla la emprendió con ella a base de insultos y más gritos. La chica se puso colorada. La calle, antes silente y vacía, se llenó de curiosos...
Carla emprendió veloz carrera. María Fernanda no pudo sostener el paso y quedó rezagada. Yo la alcancé y la cogí de la cintura. Trató de safarse y la cogí con más fuerza... Sus fuerzas cedieron y me abrazó como mansa paloma. Cogimos el primer taxi que vimos y nos encaminamos a un lugar cercano a mi casa...
Caminamos por las calles de Próceres, atravesamos parques y glorietas... Ella, caminaba, con los brazos cruzados y la mirada al suelo. Nos sentamos en una banqueta. Sus ojos, rojos y vidriosos iban acompañadas de una triste, muy triste sonrisa (inolvidable)... Yo la abracé. Sentí el temblor en su cuerpo. Permanecimos así por mucho tiempo en un abrazo eterno...
Carla, tenía una expresión de tristeza extrema, muy nerviosa y a punto de desvanecerse... Juan la sostenía de un brazo. Ella, parecía que no había dormido en varias noches, sus ojeras delataban los difíciles momentos que había atravesado en las últimas semanas... Fue arrojada a la calle por su madrastra (pues, según ella, era un mal ejemplo para los otros niños). Su padre trabajaba en Japón y ni enterado de la situación.
La alojé en casa por una semana. Juan, asiduo visitante a casa, no se apareció por ella. La desazón de Carla era palpable. María Fernanda, su mejor amiga, la visitó a diario, se quedó a dormir un par de veces. En esa semana compartimos lágrimas, secretos, odios, frustraciones y nos unimos más que nunca. Carla, se fue luego a casa de una prima en Ate. Llamó a los pocos días, para avisarme cuando y donde reunirnos para acompañarla...
Juan y Carla, llegaron primero, luego lo hizo María Fernanda. Yo, como siempre, llegué tarde. Nuestro paso fue cansino, casi ni hablamos. El silencio era roto frecuentemente por los sollozos y suspiros de Carlita... Juan se mostraba duro, insolentemente duro, prácticamente arrastraba a Carla. María Fernanda, a ratos acariciaba el rostro y la cabeza de Carla. Yo, la miraba a instantes y ella dejaba escapar una leve sonrisa que se perdía entre sollozos, mientras cubría con una mano su rostro...
Dimos con la dirección signada con el nro. ... en la calle ..., perteneciente al distrito de Lince. Nos topamos con una casa de aspecto abandonado. Juan tocó el timbre repetidas veces, impaciente, y a ratos,con sus manos, samaqueaba las rejas... Se abrió una puerta interior y apareció un tipo obeso de gesto adusto. Nos saludó secamente levantado una mano que bajó rápidamente. Abrió la reja y todos ingresamos. Atravesamos una corta vereda empedrada, los jardines a los costados se mostraban secos y descuidados. Entramos al interior de la casona. Lo que vimos adentro en nada difería de lo observado afuera. Descuido, desorden, paredes descoloridas por el tiempo... El "doctor" nos condujo a una pequeña sala de espera, acondicionada con una banqueta vieja y algo polvorienta. El "doctor" llamó a un costado a Juan y éste sacó algo del bolsillo. El "doctor" sin ninguna muestra de cortesía ni respeto se puso a observar los billetes a la luz de una pequeña ventana. Luego hizo pasar a Juan y a Carla a una pequeña oficina. Carla, nos llamó con la mirada, nosotros no esperamos ninguna invitación y entramos con ellos. La molestia en el "doctor" y en Juan era obvia. La oficina, tenía un pequeño escritorio atiborrado de papeles y muestras médicas. Las paredes semidesnudas mostraban diplomas...
El "doctor", impostando una voz grave, nos explicó de manera cantinflesca como iba a desarrollar la intervención. La explicación en lugar de infundirnos confianza nos provocó asco. Cada palabra se hacía menos creíble. Pronto, llamó a una asistente: Una chica de aspecto provinciano no mucho mayor que nosotros.
Nos ordenó permanecer allí. Sólo Carla debía acompañarlo. La vimos caminar a marchas forzadas, llorando...
En nuestras pláticas, en la semana que se quedó en casa, Carla había sido poco clara, pero, dejó a entrever que ella deseaba tener el niño. Pero, por el bien de ella y de Juan, eso no era posible...
No habían pasado ni diez minutos y la deseperación nos envolvía crecientemente. Juan caminaba por la habitación de un lado a otro con su mirada de halcón. María Fernanda, lloraba a moco tendido, repitiendo: "Pobrecita, pobrecita". Yo, salí con dirección a la sala de espera ("Sala de la desesperación" sería el nombre más apropiado). Oí los gritos de Carla. Corrimos a la "sala de operaciones". Una cortina hacía las veces de puerta. Entramos y vimos a Carla enfundada en una bata y al "doctor" con una inyección en sus manos. Carla pedía a gritos su ropa, quería escapar de allí. Encontró un bulto con su ropa y empezó a vestirse. María Fernanda, la cubrió con su cuerpo. Yo, sólo atiné a voltearme. El "doctor" señalaba a Carla con un gesto y decía: "Esta chica está loca", mientras Juan le reclamaba por el dinero. Carla, apenas terminó de vestirse salió del lugar. María Fernanda y yo la acompañamos. La reja estaba con llave. Los gritos de Carla eran cada vez más fuertes. No deseaba permanecer un segundo más en ese lugar. La asistente del doctor apresuradamente, con un manojo de llaves, trató de abrir la reja, mientras pedía silencio. Carla la emprendió con ella a base de insultos y más gritos. La chica se puso colorada. La calle, antes silente y vacía, se llenó de curiosos...
Carla emprendió veloz carrera. María Fernanda no pudo sostener el paso y quedó rezagada. Yo la alcancé y la cogí de la cintura. Trató de safarse y la cogí con más fuerza... Sus fuerzas cedieron y me abrazó como mansa paloma. Cogimos el primer taxi que vimos y nos encaminamos a un lugar cercano a mi casa...
Caminamos por las calles de Próceres, atravesamos parques y glorietas... Ella, caminaba, con los brazos cruzados y la mirada al suelo. Nos sentamos en una banqueta. Sus ojos, rojos y vidriosos iban acompañadas de una triste, muy triste sonrisa (inolvidable)... Yo la abracé. Sentí el temblor en su cuerpo. Permanecimos así por mucho tiempo en un abrazo eterno...


2 Comments:
duro, ahora necesitará mucho más a sus verdaderos amigos. APOYENLA
11:38 AM
Se ubiensen ido a alfonso ugarte, que tanta vaina.
2:30 PM
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